Pereira se pregunta cómo salir de la peor tragedia que recuerde
Pereira se pregunta cómo salir de la peor tragedia que recuerde

Peatones transitan bajo un edificio con riesgo de colapso, en Pereira, el 7 de octubre. Foto Santiago Mesa
- A dos meses del sismo del 10 de agosto, la capital de Risaralda enfrenta la disrupción de sus empresas, la amenaza de la caída de más edificios y la falta de vivienda de miles de habitantes
Lina saca anillo tras anillo de una caja y lo despliega sobre un lienzo blanco. Con el mismo cuidado despliega los exhibidores de los que cuelgan los pendientes dorados que ella misma hace. Trata a cada una de las piezas con una delicadeza que contrasta con el caos y la devastación alrededor. Decenas de emprendedoras y emprendedores han levantado un mercadillo improvisado en un lote cubierto con los escombros de lo que hasta el terremoto del 10 de agosto fue un conjunto residencial de 16 torres en el área central de Pereira. “¿Qué vamos a hacer?, tenemos que seguir adelante”, justifica Lina.
Se le encharcan los ojos al hablar de lo que pasó hace dos meses. A solo a un par de metros de la mesa sobre la que vende sus joyas, muy cerca de un coche destrozado por trozos de cemento que todavía lo cubren, se levantaba el apartamento que su madre de 80 años había comprado con los ahorros que recogió trabajando sin descanso en la limpieza de una entidad educativa.

Un hombre arroja escombros desde un edificio afectado por el terremoto, en Pereira. Foto Santiago Mesa
Afortunadamente, ese lunes había salido temprano a una cita médica y se salvó. Igual que la hija de Lina, de siete años, que había pasado la noche con la abuela y ya estaba en el colegio. “Pero no le quedó nada”, cuenta. Esta es una escena común en este lugar donde muchas ventas se cierran con abrazos, pero sobre todo con muchas lágrimas. Solo en este condominio, la mayoría de las personas lo han perdido todo. Unos porque el sismo de 7.4 grados derrumbó sus casas, como lo recuerdan las camisetas que llevan muchos de los asistentes: “La Lorena 7.4”, dice el eslogan con el que conmemoran este evento, uno de los tantos que sigue realizando la sociedad civil que se volcó a ayudar desde el primer minuto. Otros porque sus viviendas quedaron en tal mal estado que ya fueron demolidas o correrán la misma suerte en los próximos días. “Por el momento estamos acogidos por mis suegros que nos han organizado el salón para que vivamos”, cuenta Lina, que vivía en otro de los condominios de la zona que las autoridades ordenaron evacuar.
“No está caído, pero no hay posibilidades de volver”, explica. Le preocupan las consecuencias económicas para su familia, pues los pocos arriendos disponibles en la ciudad son cada vez más caros, las ventas de la empresa de la joyería Bendita Querida, que creó hace ocho años, están por los suelos y el subsidio de arriendo del Gobierno, que les llegó por primera vez días atrás, no es suficiente para vivir en las mismas condiciones. “El terremoto no solo nos dejó sin casa, sino que redujo nuestra calidad de vida. Ahora somos de un nivel social más bajo”, dice Lina.
A pesar de que el epicentro del terremoto estuvo en la pequeña población de San José del Palmar, en el departamento de Chocó, y que un total de 12 departamentos se vieron afectados, la mayor concentración de daños está en Risaralda, especialmente en su capital, Pereira, considerada el corazón del llamado Eje Cafetero. El número de viviendas afectadas es similar al de Cali, que con dos millones de habitantes es la tercera ciudad del país, pero el impacto relativo es mayor entre las 480.000 personas que viven en Pereira. Según las autoridades, una de cada cinco de sus viviendas quedó afectada, frente a 1 de cada 25 en la capital del Valle del Cauca.
Las consecuencias económicas se agravan por la escasa cobertura de los seguros: no más del 10% de las construcciones están aseguradas. “La pérdida patrimonial es brutal”, señala Carlos Enrique Vallejo, gerente de corredores de seguros y fundador de Pereira Cívica. Esta cifra tiene mayor impacto si añade que la ciudad tiene un 39% de informalidad laboral.
“Yo no entiendo cómo no murió más gente”, se pregunta Hernando Rengifo, de 76 años y quien ha sido testigo de los cuatro terremotos que Pereira ha vivido desde 1979. Reconoce que todos han sido fuertes y han causado gran destrucción, pero nada iguala a este, donde por momentos parecía que la tierra crujía. Dice que es muy triste que hayan muerto 111 personas pero que, en su opinión, esa cifra no representa la magnitud de lo sucedido, una que se hace evidente al hacer un recorrido con él por el centro. “Mire la torre”, dice al señalar la iglesia Claret. “Puede caerse en cualquier momento”, advierte Hernando, que toda su vida trabajó como técnico de construcción.

Hernando Rengifo frente a un local comercial afectado por el terremoto. Foto Santiago Mesa
“No sé cómo hicimos los profesores para sacar a los niños de las clases, pero es un milagro que estén bien”, exclama Humberto Díaz, quien explica que sus alumnos evacuaban el colegio La Julia mientras la ciudad se tambaleaba. El colegio quedó dañado, como la gran mayoría de los centros educativos de la ciudad. Son 167 las sedes con daños, lo que afectó directamente a 57.680 niños.
En cada avenida, en cada barrio, sin importar el nivel socioeconómico, son visibles las consecuencias del remezón. Cada edificio emblemático -la Gobernación, el aeropuerto, el museo, las principales universidades y algunas de las iglesias más importantes- sufrieron daños graves; el teatro municipal y el resto de instituciones culturales quedaron prácticamente destruidas. La ciudad perdió el 95% de su infraestructura cultural.
Tres hospitales permanecen cerrados y los demás también sufrieron afectaciones. Si antes del terremoto faltaban al menos 2.100 camas hospitalarias en el departamento, ahora el déficit asciende a 3.300, según la Sociedad de Mejoras Públicas de Pereira. Esto es importante porque la atención médica de gran parte de esta región del centro de Colombia confluye en la ciudad.
Aun así, los hospitales apoyan como pueden. La liga de Lucha Contra el Cáncer ha ampliado sus horarios para intentar compensar la destrucción de dos centros. El hospital universitario San Jorge, el más grande de la región, ha adelantado reparaciones en medio de las dificultades económicas que vienen del Gobierno anterior, cuenta su director, Alejandro Gaviria. “Las enfermedades siguen su curso, tenemos que seguir”, insiste. No sin dificultades: 250 de los 1.500 empleados perdieron sus casas.
“El terremoto no es el origen de todos los problemas, pero hizo aún más urgente la necesidad de solucionarlos”, asegura Ana María Cuartas, directora de la Sociedad de Mejoras Públicas de Pereira, Pro Risaralda, y quien ha sido nominada para dirigir el Fondo Milagro en el departamento. La organización calcula que la reconstrucción de Pereira costará alrededor de 13,8 billones de pesos, una cifra astronómica para una ciudad que tiene un presupuesto de 1,83 billones para 2026 y cuya economía depende de los servicios, y especialmente de un comercio que tiene su corazón en el centro, una de las zonas más afectadas.

Un hombre descansa debajo de un edificio con riesgo de colapso, en el centro de Pereira. Foto Santiago Mesa
“De la ciudad que nos vio nacer ya queda poco. Las casas de madera y balcones de antaño han ido desapareciendo terremoto tras terremoto”, dice José Montoya, de 73 años. Es hijo de campesinos que llegaron a vivir a la que era una ciudad de casas de bahareque con balcones en los que las familias se reunían cada año para ver las procesiones de Semana Santa o las fiestas de la cosecha cafetera de cada final de agosto. Ha dedicado su vida a reparar relojes y desde hace ocho años ubica su puesto ambulante en una de las calles peatonales más concurridas del centro.
Ese lunes estaba empezando su jornada laboral cuando a las 7.34 de la mañana empezó el terremoto. Muchas de las edificaciones de esa calle tuvieron daños; a una se le cayó la fachada a pocos metros de donde había buscado refugio. En una de las esquinas, una mujer murió después de que le cayera un ladrillo en la cabeza. “Cuando traté de salir rumbo a mi casa todo estaba destruido. Tuve que pasar sobre muros caídos, todo estaba en el piso. Era una tragedia”, dice.
Pasó un mes sin trabajar, viviendo de los ahorros, hasta que se acabaron. Desde hace un mes retomó su rutina, a pesar de que la calle está llena de edificios tumbados o listos a ser demolidos. “Siento una tristeza infinita, es como si nos hubieran arrebatado nuestra ciudad”, dice José. Como él, cientos de vendedores ambulantes han regresado, aunque se extraña el dinamismo de antaño. “Sé que andar por las calles del centro es peligroso pero la gente tiene dos opciones. O morir por lo que pueda caer o morir de hambre, así que todos salimos a buscarnos la vida”, añade con un hablar pausado y nostálgico.

Una vendedora ambulante atiende su puesto junto a los escombros de un edificio afectado por el terremoto. Foto Santiago Mesa
Señala una edificación cercana que tiene escrito un grafiti que dice “peligro”, pero a nadie parece importarle, los transeúntes pasan por debajo de los balcones que pueden caerse si llegara a ver otro sismo. Días atrás, un edificio se derrumbó cuando dos habitantes de la calle se encontraban en su interior. Afortunadamente pudieron salvarlos, pero temen que esto pueda repetirse. Otras personas, llevadas por la desesperación, reconstruyen edificios que posiblemente tienen daños estructurales, sin esperar a la última evaluación.
Algunos comerciantes han tenido que sacar sus productos a la calle para venderlos en tiendas que habilitan en las aceras. Luz Amanda ha trasladado su peluquería a la entrada de un parqueadero; el local en el que trabajaba está a punto de caerse. Reconoce que hay días que le cuesta levantarse de la cama pues le da tristeza ver a la ciudad en este estado y dice que nadie la va a ayudar. No pudo inscribirse en el censo que da los subsidios a los damnificados, sobre el cual hay mucha confusión.
“Hay gente que se confundió en el proceso, y si no está en esa lista no tiene ningún derecho”, cuenta Germán Calle Zuluaga, un reconocido comerciante que se define como hijo de las entrañas del centro de Pereira y que hace parte de diferentes juntas directivas locales, como la Cámara de Comercio. Como muchos, ha pedido al Gobierno nacional una ampliación del censo, pues a los problemas de la inscripción inicial en medio del caos, se añade que el escenario va cambiando rápidamente.
Muchas edificaciones que inicialmente recibieron luz verde para ser habilitadas, han sido evacuadas como consecuencia de los daños que ocasionan demoliciones cercanas, solo por poner un ejemplo. Esto ha llevado a un subregistro importante. Calle que asegura que se necesita más acción, “y para ya. Muchos de los comerciantes informales, cuenta, comen y pagan su habitación con lo que ganan a diario. “Sino no se vende, no hay flujo”, añade. A pesar de que el centro está más activo que hace un mes, la economía apenas se mueve. Muchas personas de la región que se desplazaban a Pereira por negocios, han dejado de hacerlo. El movimiento del terminal de transporte se ha reducido en un 70%, algo similar, el aeropuerto recibe un número mucho menor de vuelos y está siendo reconstruido.

Escombros de un edificio colapsado junto a la iglesia San Antonio María Claret. Foto Santiago Mesa
“Cuando camino por las calles y veo a muchos de mis vecinos comerciantes vendiendo sus cosas en carpas me digo, ¡Dios! ¿Qué nos pasó?”, exclama Calle.
A diferencia de otras tragedias, en la que los más afectados son los más vulnerables, este terremoto impactó también a las clases medias y altas. Decenas de edificios en los sectores más acomodados quedaron inhabitables. “A muchos de ellos les cuesta pedir ayuda y empiezan a vivir una pobreza silenciosa que tiene impacta a los más vulnerables, pues tienen que cortar muchos trabajos”, explica Jorge Eduardo Ibatá, quien administra un almacén especializado en máquinas de coser. Hasta el momento, más de 55.000 personas han perdido su empleo.
Su caso representa el de muchos comerciantes que se han movilizado para intentar reactivar la economía. Después de analizar el estado del local y comprobar que no tenía daños, volvieron a trabajar pocos días después del sismo. Pero pide acción del Gobierno, al que le reconocen una gran presencia durante los primeros días, que luego se evaporó. “Si no las van a cumplir, que no hagan promesas”, dice, respecto del anuncio del presidente, Abelardo de la Espriella, de la cancelación del pago de los servicios por tres meses. No solo siguen llegando las facturas, cuenta, sino que tienen un valor más elevado. También pide, como otros empresarios, mayor agilidad en los procesos y evaluaciones.
El sentimiento de que la reconstrucción y reactivación van extremadamente lentas se mantuvo tras la visita del presidente y su gabinete del martes pasado. “Aquí hay gobierno que está respondiendo a los afectados. Somos conscientes de la emergencia”, dijo De la Espriella. El principal propósito del viaje era la instalación de la mesa regional para definir el Plan Nacional de Desarrollo, pero el presidente aprovechó para anunciar la constitución de la fiducia del Fondo Milagro que permite entregar el primer billón de pesos, a los que se sumarán 2.7 billones de pesos el primero de noviembre. Aun así, para nadie es claro qué proporción le corresponde a Pereira y a qué proyectos serán destinados.

Afectaciones en el auditorio del Museo de Arte de Pereira. Foto Santiago Mesa
De vuelta en su almacén de máquinas de coser, Jorge Eduardo se pregunta por qué ha sido tan difícil para el país mundo entender la dimensión de la tragedia. “Una cosa es lo que vemos y sentimos quienes vivimos en Pereira, y otra lo que ven desde afuera. Nadie se da cuenta de nuestro dolor”, dice. La suya es una pregunta recurrente, y las hipótesis que se lanzan en las conversaciones son muchas. Después de décadas en las que la ciudad tuvo líderes con influencia nacional, como el expresidente César Gaviria o el exministro Luis Carlos Villegas, estos han desaparecido. La urbe no tiene un músculo industrial que le puede dar apoyo económico: “nos hemos dado cuenta de que somos pobres”, dijo un empresario que pidió no dar su nombre. También han influido denuncias de corrupción en instituciones públicas que aparecieron tras el terremoto, que para varios líderes de la sociedad civil afectaron la llegada de ayuda. “Nadie quiere tener relación con los políticos y más ahora que entran en campaña”, asegura el empresario.
Esta imagen ha afectado la movilización de la sociedad civil que, aunque fracturada, se movilizó también a liderar decenas de iniciativas. Cada persona consultada para este artículo destaca esa movilización ciudadana, que sin embargo luce insuficiente. “Pereira perdió la guerra mediática frente a otras regiones afectadas por el terremoto”, explica Carlos Enrique Vallejo, aunque insiste que están trabajando para que la empresa privada y la comunidad internacional entiendan que allí encuentran aliados fuertes. “Tenemos un plan de acción articulado, hemos hecho el trabajo, pero para eso necesitamos la plata”, explica Germán Call, quien también hace parte de la junta de asociación de mejoras de Risaralda. “La ciudad tiene estructura para hacer veeduría y la está haciendo”, concluye.
“Estamos trabajando en mayor coordinación. Sin duda han existido egos, pero hemos hecho todo lo posible por dejarlos atrás para atender las necesidades”, explica el gobernador Juan Diego Patiño en referencia a la declaración del alcalde, que hace un mes dijo que los dos mandatarios llevaban semanas sin hablar. “Yo nunca corté comunicación con él”, dice el gobernador, que desde la tragedia despacha desde una casa prefabricada a las afueras de la ciudad. Reconoce que los fondos son cada vez más escasos y que trabajan contra reloj para construir los planes que esperan presentar al Fondo Milagro.
Sentada en la oficina desde la que dirige la Liga de Lucha contra el Cáncer, María Teresa Romero asegura que, entre las muchas necesidades, una de las más importantes es la salud mental. Medio millón de personas enfrentan una tragedia sin precedentes y ven cómo su situación se agrava, sin ninguna solución a corto plazo. Quienes tenían ahorros los gastan, quienes viven de arrimados tienen vergüenza, mientras todos son conscientes de que la reconstrucción tardará y nadie sabe cómo saldrá la ciudad de la crisis. “Lo lograremos”, sentencia Germán Calle.

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