Alcantarillas, inundaciones y reventa: la ruta oscura del aceite quemado en Ciudad de México
Alcantarillas, inundaciones y reventa: la ruta oscura del aceite quemado en Ciudad de México

Investigadores de la Facultad de Química en Alimentos, en la UNAM, en Ciudad de México, el 30 de septiembre. Foto Ginnette Riquelme Quezada (Ginnette Riquelme Quezada)
- La falta de trazabilidad del desecho, lo lleva a acabar en coladeras o de vuelta en la cocina, superando el número seguro de usos
Pasan las tres de la tarde y el cielo se pone gris. Una hora después, la lluvia, casi siempre torrencial, castiga las calles de Ciudad de México.
Todos los vecinos saben que eso significa inundaciones. Hay pequeñas, de las que no te dejan cruzar la calle sin empapar el dobladillo, y grandes, de las que bloquean vías y acaban con los motores de todo auto que se atreve a cruzarlas. Las causas detrás del bien documentado problema de anegaciones en la capital son conocidas, pero hay una que se discute poco: el desecho de aceite en las coladeras y drenajes de la ciudad.
La metrópolis es la tierra de la comida callejera. Tacos, antojitos, papas fritas, alitas… todo se cocina con litros de aceite que acaban, después de varios usos, principalmente en un mercado informal de compraventa o en las coladeras. Juana Villada ha estudiado el problema a profundidad, incluidos los efectos nocivos de la grasa en el sistema de alcantarillado de la capital. La candidata a maestría de la Facultad de Química de la UNAM dirige un proyecto de concientización para promover el uso responsable y el reciclaje del aceite de cocina y convertirlo en jabón.
El aceite en las tuberías no es el mayor mal detrás de las inundaciones de la Ciudad de México. Luis Zambrano, profesor de Biología de la UNAM, publicó en 2018 un estudio en el que desarrolló un modelo de seguimiento del problema. Las zonas más afectadas, que acaban metros por debajo del agua en días de intensa lluvia, comparten problemas sistemáticos como la falta de tratamiento y la expansión indiscriminada de la mancha urbana sobre acuíferos naturales.

Un estudiante trabaja en el proceso de descontaminación del aceite. Foto Ginnette Riquelme Quezada
Sin embargo, según detalla Zambrano por teléfono, las inundaciones más leves, con charcos de hasta 15 centímetros, están muy asociadas a la basura acumulada en las cañerías y a la falta de mantenimiento de las tuberías.
Villada explica el proceso en talleres semanales abiertos a los alumnos de la UNAM. La grasa que se acumula en las tuberías se mezcla con jabones, sales, restos de comida y otra basura, hasta formar una masa sólida. El material puede ser muy resistente y se adhiere a las paredes de los tubos que se enredan bajo la ciudad y forman el sistema de drenaje.
Esta masa es tan sólida que los estudiantes que participan en la iniciativa de Villada usan el jabón para crear esculturas con materiales reciclados, particularmente PVC, el plástico del que están hechas la mayoría de las tuberías caseras. “Es tan duro que, cuando estábamos trabajando, intentamos taladrar el material y no lo logramos”, explica una de las participantes mientras señala las esculturas que ella y sus compañeros construyen para el proyecto.
Un problema complejo
El interés de la académica por el destino del aceite usado se despertó muy temprano en su carrera. Según explica la experta, dos circunstancias inspiraron la creación del proyecto: las horas que pasó acompañando a su madre durante un tratamiento renal en un hospital y su tiempo como auditora de inocuidad alimentaria. La primera la llevó a descubrir que el jabón creado a partir de aceite reciclado e hidróxido de sodio podía quitar de la faja de diálisis de su madre manchas que ningún otro detergente fue capaz de eliminar.

El estudiante Josué Eugenio, durante una investigación con aceite. Foto Ginnette Riquelme Quezada (Ginnette Riquelme Quezada)
La segunda inspiró una investigación de cuatro años para determinar las formas más comunes de desechar este recurso entre los comerciantes de varias alcaldías de la capital. La investigación concluyó que la mayoría de los establecimientos lo desechan. Otros donan o venden el aceite. Sin embargo, según explica Villada, la trazabilidad del residuo que abandona los comercios es nula y puede terminar de vuelta en las cocinas, tras tratamientos químicos que hacen que se vea nuevo. Este trabajo despertó en ella una preocupación genuina por los problemas de salud que puede causar el uso de este aceite.
La académica se puso manos a la obra para encontrar una solución a ambos problemas y consiguió permiso para usar un pequeño espacio detrás de los edificios de la Facultad de Química, su alma mater. Es ahí donde planifica talleres para guiar a estudiantes y cualquier curioso que se acerque cada miércoles a las mesas que coloca a las afueras de uno de los edificios. Es ahí también donde, junto a un grupo de estudiantes, transforma el aceite.
Salmy, la cara peluda al frente del proyecto
Villada, de pie frente a una de las entradas de la facultad, apenas puede avanzar unos pocos metros antes de que una estudiante la interrumpa. “Disculpe, ¿usted es la del aceite? Mi hermano tiene una hamburguesería y nos gustaría donar”. La académica es fácil de reconocer. Recorre los pasillos y patios de la facultad con un chaleco distintivo o bata de laboratorio, acompañada de quien se ha convertido en la cara de la iniciativa: su perro Salmy, al que encontró dentro del campus.

Salmy, perrito que forma parte del proyecto de reciclaje de aceite.Ginnette Riquelme Quezada (Ginnette Riquelme Quezada)
Ataviado con su pequeña bata de laboratorio, Salmy se sube a un carrito construido con materiales reciclados por un maestro de la Facultad de Ingeniería. En su carruaje, la mascota del proyecto recorre las calles de los alrededores de la universidad recogiendo bidones de aceite usado en la puerta de cada comercio. Para Villada, la participación del perro blanco ha sido el elemento clave en la fórmula del éxito. “Nos dimos cuenta de que eso estaba ayudando a acercar el mensaje sin la culpa, sin lo punitivo, sin lo coercitivo”, afirma la experta. El equipo ha recogido más de 4.000 litros en un año.
Salmy también es capaz de guiar a los invitados hacia el laboratorio. Sus pequeñas patas se apresuran para mantenerse adelante, pero frena cada pocos metros, mirando hacia atrás para comprobar que su séquito sigue detrás. La habitación despide el característico olor del jabón sin aroma y exhibe, justo en el centro, una bicicleta conectada a un tanque que hace las funciones de centrifugadora. Los bidones se apilan en esquinas, bajo los escritorios y en cada rincón que no esté ocupado por los kilos de jabón o las esculturas de los estudiantes.
El primer paso es analizar el aceite. Se toman pequeñas muestras y se llevan a un laboratorio aledaño. Los resultados de esas pruebas, además de otros indicadores como el olor y el color, determinan para qué será usado el aceite: jabón líquido para superficies o jabón para esculturas. Para resguardar la seguridad de los estudiantes, el más limpio se destina a las obras de arte.
Sin importar cuán limpio esté, el siguiente paso siempre es colocarlo en la bicicleta centrifugadora junto con enzimas que separan la suciedad del aceite. Este paso es vital, según explica Villada. La experta aclara que, al reutilizar el aceite en demasiadas frituras, se crean partículas de un compuesto cancerígeno, por lo que, para evitar exponer a los estudiantes, limpiar la grasa donada se convirtió en una prioridad.

Muestra de aceite usado por un comercio. Foto Ginnette Riquelme Quezada (Ginnette Riquelme Quezada)
Esa tendencia a reutilizar el aceite demasiadas veces es una de sus mayores preocupaciones, y por eso aprovecha el proyecto para promover buenas prácticas entre los comerciantes que le entregan su aceite usado. El proyecto premia a quienes cumplen con las medidas de seguridad con un distintivo que dice “Yo soy amigo de Salmy”. La química espera expandir su iniciativa hasta crear una página web con los establecimientos que han recibido la certificación.
Un restaurante coreano en la zona de Copilco, a las afueras del campus, se ha convertido en uno de los primeros en recibir la certificación. Mariana, graduada de la facultad de 28 años y trabajadora del restaurante, afirma que antes de participar en el proyecto, la grasa en la cocina del establecimiento se usaba hasta quemarse por completo. “Ahora sabemos los riesgos que lleva a la salud, así que no lo usamos hasta ese punto”, concluye.

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